Vidas irreales (I)

En mis ratos libres hago dibujos con un marcador finito y en unas hojas que compro en una librería de la Avenida de Mayo. Los hago como parte de una terapia que me recomendó mi psicoanalista, aquel que veo dos veces al mes en días impares y de lluvia. Hace mucho que no voy y tengo ganas de que vea mis últimas creaciones. Son imágenes un tanto azarosas, sin rumbo, que nacen de trazos muy pequeños que hago con mano firme y automática. A veces, luego de hacer unas cinco mil linitas de variado tamaño, aspecto y dirección, aparece alguna imagen que se puede llegar a describir. Pero no me interesa…en verdad no sé dibujar y esta es mi forma de poner mi mente en blanco y hacer una suerte de arte domiciliario. Funciona bien, el otro intentaron comprarme uno por la calle, me negué, “dame ese” me dijo un hombre regordete, “esto no es un kiosko” le contesté. Luego me arrepentí…tenía hambre y quería comer un helado, en los bolsillos tenía una foto vieja de mis padres y una moneda búlgara que recibí como herencia de mi tio. Seguí caminando y planifiqué mi próximo dibujito. La vida seguía y yo estaba en la parada del colectivo.

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