Archivo mensual: enero 2008

Caminar

  • Me encanta caminar, debe ser una de las acciones que más disfruto en la vida. Caminar como un errante, ebrio, sin rumbo, y dejando la mente irse lejos, a lugares cercanos al peligro, al desvío.
  • Caminar en la ciudad puede ser una actividad absolutamente improductiva, es revisitar lugares que ya sabemos de memoria, perder horas yendo de un punto a otro, algo que podemos hacer de forma mucho más efectiva en algún vehículo. Pero yo camino, y pierdo el tiempo alegremente, y me dejo estar, y me imagino historias y diálogos en la cabeza, y miro a la gente y veo su ropa, sus gestos, sus diálogos, y veo con mucho detalle sus pies, si esto es posible.
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  • Uno deambula, recorre caminos y vive un tiempo muerto genial, improductivo, reposado, entre una actividad y otra, un destino y otro. Cuando llega el lugar indicado, vuelven las pulsaciones y el motor ansioso se cuela, el letargo muere con el miedo que se agiganta, y uno debe volver al deber, a la tarea.
  • Dostoievsky lo hace caminar a Raskólnikov como un enajenado por la asfixiante San Petersburgo. Son caminatas purgantes, lisérgicas, evasivas. Cuánto miedo hay a ser descubierto por caminar sin rumbo, la mirada del otro está siempre latente, impiadosa.
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  •  Caminar es muy distinto a correr, el trote ya involucra todo un repertorio que la caminata evita (cambio de ropa, actitud deportiva, competencia encubierta), al correr uno trasmite una imagen de superación, de sana vitalidad. La caminata encierra un enigma y un atractivo: a dónde va esa persona.
  •  El tránsito perpetuo es un acto superado por las civilizaciones más avanzadas. Hoy se camina con un destino determinado, sin demoras. El único momento permitido de caminata azarosa es en las vacaciones, con esas largas pisadas en la arena, pasando postas, dejando atrás ansiedades y buscando ese lugar que nos de paz. Hoy sólo los marginales, los locos, los linyeras peregrinan la ciudad y buscan santuarios decadentes, objetivos de miserables victorias: tachos de basura, bancos de plazas, vidrieras invulnerables donde ven y ansían lo que perdieron y quizás jamás vuelvan a conquistar. Nosotros sólo la transitamos, la usamos como conducto de viaje, y raudos nos volvemos a nuestra guarida, protegidos de todo y de todos. Camine, pero por la sombra, por favor.

Libros

  • Hoy finalmente conseguí Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, el libro que “hay” que leer o “había”, no lo sé, no estoy en el ambiente literario.Tal vez estoy muy atrasado. El que sí leí en pleno auge y con timing perfecto es The road de Mc Carthy. El de Bolaño va a ser mi libro del verano, lo voy a leer en la playa, en Mar del Plata, jactándome ante todos de mi exquisito gusto literario. Veo al librero sacar un paquete que contenía cuatro ediciones del libro y le digo: “tenés una buena provisión, el libro está agotado en todos lados, aprovechalo”. “No…”, me contesta, “lo que pasa es que las librerías no se animan a comprarlo”. “Pero es buena, ¿no ?”. “Es un novelón, considerada lo mejor después de 100 años de soledad” (cuidado, recuerdo que nunca pude terminar ese libro, sofocado y perdido entre personajes, dinastías y nombres estrafalarios).
  • Ecuación: Roberto Bolaño saca Los Detectives salvajes + gana el premio Herralde por unanimidad + los entendidos y amiguitos escritores le dan la derecha y lo llenan de elogios+ el NY Times lo elige uno de los mejores 10 libros latinos = las librerías no lo piden por miedo a no poder colocarlo en el mercado, pero sí venden una nueva bazofia del revisionismo histórico argentino, ahora en manos de Victor Sueiro, quien descubrió que Valeria Mazza se tiraba eructos en el colegio. Vale está chocha.
  • Recomiendo leer la autobiografía de Miles Davis junto a Quincy Troupe. Mucho mejor si es la original, es un inglés bastante amable y básico. Cuenta su historia, cómo se hizo de abajo recorriendo la 52 en New York y buscando a sus ídolos: Bird y Dizzy. Miles tiene cosas muy divertidas en su relato, una es que se apasiona y elogia lo que ve y escucha usando una ironía muy gruesa (“man, that shit was so terrible it was scary! ” hablando de la primera vez que escuchó a Charlie Parker y Dizzy Gillespie juntos), otro capítulo interesante es su encuentro con Jimi Hendrix y su asombro al darse cuenta de que Jimi no sabía leer las partituras, era puro autodidacta. La heroína era la droga preferida de los músicos de jazz de esa época, y es sorprendente vincular a alguien tan tranquilo, prolijo e introvertido como Bill Evans con esa necesidad de experimentar con drogas, sobre todo al escuchar su música. La imagen que uno tiene de los excesos está más relacionada con el rock y sus íconos, a uno le cuesta imaginar a esa gente picándose. Miles muestra todo el tiempo su condición y orgullo como “negro”, y cuenta que en 1960 su padre fue atropellado por un tren cuando iba en auto y tuvo que esperar hasta que una ambulancia para negros lo atendiera, la de los “blancos” no lo quería levantar. Que eso haya ocurrido en Estados Unidos en 1960, hace solo 50 años, da un poco de miedo.
  • Cada vez que leo “Casa tomada” de Cortázar me impresiona su misterio y simbolismo. Es un cuento para leer muchas veces, cada vez te atrapa de diferente manera y te deja un tanto inquieto. El tono moroso y descriptivo de las rutinas de los hermanitos siempre da nuevas pistas. ¿Qué pasa allí?, ¿qué quiere decir con el cuento Cortázar?, ¿es una denuncia sobre la llegada del peronismo ?, ¿es una gran parodia de la familia burguesa?, ¿es una metáfora sobre el poder del inconciente en nuestras cabezas?, ¿anticipa las patologías que vivimos hoy como sociedades cerradas, apáticas, intolerantes, paranoicas? La teoría que se queda en la relación incestuosa entre hermanos me parece la menos interesante.

La menta granizada del verano

Ayer me compré un aire acondicionado. Venía con un kilo de helado de Freddo de regalo. Regreso a mi casa feliz con mi kilito de menta granizada (muy bien), dulce de leche (clásico) y frutos del bosque (la nada misma), mi heladera iba a conocer por primera vez un pote de 1 kilo, está acostumbrada a nuestra habitual  compra de un cuarto o medio kilo en épocas de bonanza. En la heladería me crucé con aún más brasileros de los que había visto caminando por Florida. Mi mujer me los suele señalar en la calle como si fueran invasores, estamos rodeados de gente que se viste con un descuido dudoso (ojotas, musculosa, bermudas) que esconde su real posición ante la vida.
Llego a casa con mi pote y ya pensando que tenemos postre y un poco de buen vivir luego de soportar 4 días seguidos de infierno porteño, psicosis general de 41º. Veo la entrada a oscuras, “se cortó una fase en la otra cuadra” me contesta el portero mientras se seca el sudor con cierto pudor. Subo los 8 pisos y doy cuenta de mi falta de aire, agitarme nunca fue mi destino. Meto rápidamente el motín en el frezzer que no genera “frost”. Todavía hay esperanzas.
10 PM: con la nueva hora cristinista uno come a estas horas, antes lo hacía a las 9. Amaso pizza y tomamos una cerveza todavía con vida. Probamos el helado: perfecto salvo el tono campestre y bucólico de los frutos del bosque. Lo depositamos nuevamente en la heladera inerte.
4 AM: nuestros amiguitos los murciélagos la están pasando muy bien, viven en un hueco del taparollos de la ventana, uno los puede escuchar cuando salen de paseo a comer bichitos y luego regresan y se estampan contra la cortina para meterse en su guarida. Alteran un poco el dulce dormir, lo admito, sobre todo una vez que se metió uno en el cuarto y sufrí un ataque de nervios bastante fuerte mientras intentaba cazarlo con un escobillón por al menos 50 minutos. Con María, mi mujer, terminamos durmiendo en el sillón del living, el cuarto quedó con marcas y secuelas de una dura batalla, el bien contra el mal. Desde ese episodio, queda latente la posibilidad del regreso de algún otro con vuelo errante, y es por eso que cerramos la ventana compulsívamente cada vez que los vemos al acecho. Anoche, además de los amiguitos de negro, nuestro sueño se vio alterado por el triste destino que podía tener nuestro helado en esa caja comatosa. María se despertó preocupada y me preguntó como estaría a esta altura de la epopeya nuestra menta granizada, yo le propuse ser pragmáticos y aniquilar el medio kilo que nos quedaba en ese mismo momento, 4.34 AM. No logré el quórum. Nos fuimos a dormir nuevamente, ya sin ansiedades ni presunciones. Nos levantamos a las 7.30, la luz no aparecía, nuestro helado yacía en ese cementerio blanco, chapoteando entre hielos desnutridos.

8.12 AM: el milagro diario. Prendo rápidamente la heladera, veo de reojo el pote y parece estar todo en orden, la menta sigue verde y el dulce de leche se muestra sólido y pujante. María presiona el botón “congelamiento rápido” con cierta felicidad en la cara, y por la ventana llega un vientito prometedor, 15 º de temperatura, 4 de enero en Buenos Aires, nuestros vecinos deben estar retozando panza arriba en nuestra cortina. Lo peor ya pasó, a la noche tenemos postre asegurado. Placeres de un verano en Buenos Aires.