Abril 20, 2008...10:34 pm

Saltar a Comentarios

Sobre Sonic mirror de Mika Kaurismaki.

La música es el remedio para el tamaño despropósito en el que se transforma el mundo de vez en cuando, y Billy Cobham es el placebo perfecto para las almas que buscan en el ritmo algún remanso, alguna señal. Así parece entenderlo Mika Kaurismaki, director finlandés, quien rastrea en la humanidad y la destreza del mítico baterista Bill Cobham, quien tocó con Miles Davis y la Mahavishnu Orchestra entre otros, para encontrar una prueba fehaciente de que la música puede ser un gran antídoto para estos tiempos.

Kaurismaki pivotea entre dos realidades muy distintas y que en cierta forma reflejan el mundo actual: las calles de Río de Janeiro, llenas de esa vitalidad grosera y surreal, de habitantes a los que uno envidia su alegría y su estoicismo, y la opulenta, correcta y frígida Suiza: aquí los niños no ríen, son autistas, y la música, en especial los timbres percusivos, son el puente para salir de sí mismos. Subdesarrollo e hiperdesarrollo, alegría y tristeza, desidia y eficiencia, calor y frío, el mundo es una gran paradoja. Pero Cobham y sus tambores unen, y mientras recorre con cierta timidez las calles cariocas junto a tres niños que tocan en una escuela de samba, va descubriendo que sus orígenes están ahí, y que no hay con que darle: el ritmo nace con los tambores en África, con tribus que emigraron y repitieron eso de pegarle a algo como acción sagrada, vital y necesaria, miles de años de descarga y conexión con algo más grande. Es gracioso verlo a Cobham, quien tocó y toca jazz con vacas sagradas, intentar entender el patrón de una batucada, no lo encuentra, y así se lo ve medio perdido mientras un niño de 10 años le marca el rumbo.

Luego llega a la precisa y nevada Suiza, a un centro para jóvenes autistas. Ver a un autista es ver la desconfianza hecha persona, la gestualidad de sus caras es una mezcla de sufrimiento, indiferencia y locura. Son como nosotros cuando queremos hablarle a la chica que nos gusta pero no nos animamos, nos quedamos a mitad de camino, perdidos, frustrados, diciendo incoherencias y sobreexcitados. El autista parece que se va a conectar con el mundo que lo rodea pero no, hay una misteriosa voz interior que lo tira de nuevo para adentro. Es como tener un ser interno que te boicotea todo el tiempo, y que no te deja disfrutar de nada de los que ves a tu alrededor. Billy Cobham llega al lugar con un grupo de pecusionistas nigerianos, empiezan a tocar y los pacientes comienzan a reaccionar, hay caras de felicidad, saltos enloquecidos, intentos fallidos por seguir un ritmo, pedidos de silencio. De a poco se va formando una sesión delirante, donde todos tocan algo sin mucho sentido, tambores, campanas, timbales, un chico down aporrea un bombo y le va la vida en eso, caos total, free jazz autista…

Sonic mirror de Mika Kaurismaki, la dieron en el último Bacifi y ojalá algún alma caritativa la estrene. El mundo sería más habitable con estas películas.

2 comentarios


Escribe un comentario