Días atrás fuimos a comer con mi mujer, María, a Restó, un lugar del que nos habían hablado muy bien. Previamente, es justo informar, en nuestras cortas pero efectivas vacaciones cordobesas, habíamos ido a la supuesta “mejor parrilla del mundo” (sic), así catalogada por Miguel Brascó. El lugar hizo honor a su fama, comimos hasta reventar y gracias a dios los parroquianos no se mondaban los dientes frente a uno (queda en Jesús María, sobre ruta 9, hay que buscarla). Por lo tanto, veníamos con cierto ímpetu de entendidos, jóvenes recién casados a los que les gusta comer afuera y vestir moderadamente bien, un target perfecto. Llegamos a Restó, y el lugar sumó sus primeros puntitos de entrada, casi sin jugar: es un lugar chico, 7-8 mesas máximo, decoración austera, no “minimalista”, y el gran acierto, no hay música “incidental” de fondo. El clima lounge, “estoy como en el living de mi casa”, estaba ausente. Acá se viene a comer, no a leer revistas, y bien.
Miramos la carta, y nos traen la primera copa de vino de la noche, un, creo, sauvignon blanc, que iba muy bien con un pescado blanco marinado en eneldo, una entrada elegante, pura en sus colores. M. pide el menú del día que viene con ensalada de tomates varios, queso de cabra y sandía: muy bien, fresca, generosa. Yo pido el menú que comienza con pato, sigue con codorniz y termina con durazno. A todo esto, nos traen una segunda copa de vino para el primer plato, llega mi botín y ya no recuerdo si lo que venía primero era la codorniz o el pato, perdonen mi ignorancia, llamo al mozo-cocinero del lugar, y él, cortésmente, me informa que estoy comiendo una terrine de pato con higos ahumados de Jujuy, endivias y reducción de algo muy rico. No, no era la codorniz, querido.
Seguimos, pedimos un vino para atacar el plato principal, llamamos a la maitre, yo le insinuo que no estamos dispuestos a pagar la fortuna que salen los vinos de la carta, buscamos algo moderado, pero sin pasar por miserables. Nos trae un Merlot de San Juan de una bodega que yo rebauticé como “Malba”, pero no se llamaba así, seguro que no. El mismo mozo anterior, llega, nos muestra la botella, y nos explica que ha sido enfriada para llegar a los 18 grados reglamentarios, ¡el calor porteño! Primero llena una pequeña copa que deja de lado y luego me sirve con intención de que lo pruebe, éste tal vez sea uno de los momentos más humillantes a la hora de ir a comer, aquel que desnuda nuestras ignorancias más explícitamente, me sirve, lo huelo y digo a viva voz (ya me había tomado otras dos copas): “mucho fruto rojo”. El mozo me mira con compasión, se retira y yo me quedo pensando que el 90 % de los vinos tintos tienen aroma a frutos rojos.
Llega mi ansiada codorniz, me causa un poco de impresión comerla, luce como un pollo bebé que fue criado como un pequeño pony. No importa, con un corte lo despedazo y comienzo a saborearlo. Cuando estoy llegando a la zona de atrás del amiguito-pony-descuartizado, me encuentro con que le sale una sustancia oscura, para nada Restó, que invade mi plato y se acerca peligrosamente a otros manjares, M., que está poco satisfecha con su elección (“pedí los dos platos con queso de cabra, maldición!), me mira y me explica, “es el relleno de la codorniz”, llamo al mozo para verificar y me explica que es un relleno hecho a base de una verdura japonesa y demás exquisteces. Está muy bueno, dejo mi prejuicios de lado y disfruto. Miro la botella de vino, está casi llena, M. no acompaña en la odisea, me prometo terminarla por lo que nos salió, un razonamiento absolutamente miserabilista y nada Restó. Nos ofrecen quesos, decimos “paso”. Llega el postre, lo mío es un helado de durazno, insuperable, el de M. tiene frutos rojos y aceite de oliva. Muy rico, pero no hagan esta combinación en sus casas.
Pedimos la cuenta, yo me dispongo a ponerme de pie para ir al baño, lo dudo unos instantes, el amigo “Malba” me sonríe vacío, me derrotó hace rato, junto valor, me paro, no pasa nada, nadie sospecha, los pasos son firmes, el baño me da la bienvenida.
Llega la cuenta, coherente y digna. Comercio justo. Él cocina, yo como, no hay intermediarios. M. deja una propina también justa, como ella fue camarera en su pasado, tiene una suerte de complejo de culpa crónico y gremialista con los mozos: siempre hay que pagarles bien. Nos vamos, la noche está fresquita, grito: “¡taxi!”. Siento un pedacito de pequeño pony entre mis dientes.


6 comentarios
Noviembre 25, 2007 a las 6:18 pm
basta de comer codornices!
Si a la asociacion PRO-CODORNICISTA
Noviembre 27, 2007 a las 9:39 am
Un relinchito emocionado en recuerdo del pequeño pony que yace sobre el océano. Que me traigan mi pony de vuelta! Me encantó, Rodri, un abrazo, Ultimatia.
Diciembre 11, 2007 a las 2:22 pm
Hola Rodrigo. es una masa el blog. Hay buena comunicación y el diseño gráfico es excelente. Beccary es un capo!!!
Enero 24, 2008 a las 2:20 pm
Rodri,
Estuve leyendo tu blog estos días, me gusta mucho tu forma de ver las cosas de la vida y como las relatás.
Al fin pude leer sobre Comercio Justo!!! “eso que investiga el marido de María”, y también me copé con magic world de Eels, lo escuché ya 2 veces en mi trabajo.
Bueno, no me extiendo. Deberías hablar más en las reuniones familiares!!! Nos vemos.
m e c h a
Enero 24, 2008 a las 3:44 pm
Gracias Mecha, los Eels son adictivos…voy a intentarlo.
Marzo 8, 2008 a las 2:59 pm
Que buena pregunta: ¿Dónde quedaron los Ruso Verea con sus remeras de Danzig?!!! Donde?
Paso un link del bajista de Maiden como arquero de potrero y el comentario del Ruso: http://www.youtube.com/watch?v=Lr-oRJVzemY&feature=related
Y pregunto: donde quedó Bonadeo?? y su padre?? Y toda esa incurson sobre la responsabilidad deportiva y el compromiso que linearon? Y ese auditorio donde está?
Me perdí en tus caminata, y en gran parte reconocí varias experiencias como caminar si rumbo entrando a estaciones de tren y subte, esperando dormir lejos o de volver a justo a tiempo para descanzar. Caminar, trazar el rumbo, lograr destinos, genera confianza de incursión, sean destinos conocidos que dejamos atrás, para volver o no, ó destinos por conocer, pero son nuestros mapas indígenas donde se marcamos puntos de satisfacciones o desiluciones nos encontramos y compartimos el elemento “persona-lugar” donde tanto podemos pasar insípidos, aportar, como de impregnarnos de algo que nos toma.
jajaja.. ese pedacito de pequeno pony! muy bueno!! aunque bastante impresionante diría.. me gustaria ver un gráfico del ave y otro del pequeno pony pero no del que urgaste entre tus dientes
Mi opinión de lo que armás en el blog: disfruté bastante, un placer, ese far away view que tenes donde logras una mirada desde un paso detrás de la línea y generas ópticas de raigambre de esto y de aquello.. Me lei todo..
Abrazo, me mantengo en tuch